UNA HISTORIA FASCINANTE QUE ABRE LAS VENTANAS TAPIADAS
POR Rafael Bordao
Marzo 11 de 2026
La historia que están a punto de ver no sólo conmueve, sino también interesa, por tratarse del hombre que escribió la Declaración de la Independencia Americana, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, dos veces presidente, y su íntima relación con una joven esclava "casi blanca" muy bien parecida, hija de una esclava negra y un hombre blanco. En la época en que esto ocurre -y ocurría en las Treces Colonias- es en el siglo XVIII en una sociedad protestante y puritana, donde era condenable y no se permitían matrimonios interraciales. Estas cosas hasta entrado en el siglo XX todavía existían en muchos sitios de la Hispanoamérica. Al final de este artículo podrán ver el video, pinchando o haciendo clic en el enlace azul.
UNA HISTORIA FASCINANTE QUE NOS ABRE LAS VENTANAS TAPIADAS
Por Rafael Bordao, Ph.D.
La relación entre Thomas Jefferson y Sally Hemings no solo revela las contradicciones morales de la joven república estadounidense, sino que también dialoga con una historia más antigua: la de los imperios que, como el español, convivieron durante siglos con mezclas de sangre, religiones y culturas. Mientras en la Virginia del siglo XVIII la sociedad puritana condenaba cualquier cruce racial -y más aún si involucraba a una persona esclavizada-, los españoles que llegaban a América ya traían en su memoria la convivencia y el conflicto entre moros, judíos y cristianos. En el Caribe y en el continente, esos mismos españoles alardeaban de haber “inventado” al mulato, al mestizo, al zambo, como si la mezcla fuera un logro cultural y no también una historia de dominación, deseo, violencia y supervivencia. Jefferson, sin embargo, vivía en un país que pretendía ser racialmente puro, donde la mezcla era vista como una amenaza al orden social, y por eso su relación con Sally -treinta años menor, esclavizada, y media hermana de su esposa fallecida- debía permanecer enterrada en el silencio.
En Monticello, ese silencio convivía con los rumores que recorrían la plantación como un viento que nadie podía detener. Los esclavos sabían, los familiares sospechaban, los visitantes murmuraban. Pero Jefferson, autor de la Declaración de Independencia, no podía reconocer públicamente una relación que desafiaba los prejuicios raciales y la moral puritana de su tiempo. En contraste, en las colonias españolas, aunque existían jerarquías rígidas y racismo institucionalizado, la mezcla era un hecho cotidiano, visible, imposible de ocultar. Los peninsulares hablaban con naturalidad de castas y pigmentos, clasificaban a las personas con obsesión casi científica, y aun así aceptaban -aunque fuera desde la superioridad- que la sangre humana nunca permanece pura. Esa diferencia cultural subraya la paradoja estadounidense: un país que proclamaba la igualdad mientras temía la mezcla, un país que se decía libre mientras mantenía a millones en esclavitud.
La historia de Jefferson y Hemings, vista desde esta perspectiva más amplia, confirma aquella intuición de Platón: “No hay rey que no descienda de esclavo, ni esclavo que no descienda de rey”. En el fondo, la humanidad siempre ha sido un tejido entrelazado, una red de linajes que se cruzan más allá de las leyes, los prejuicios o las ficciones de pureza. Jefferson, uno de los hombres más poderosos de su época, compartía sangre con los hijos que tuvo con Sally, y esos hijos llevaban en sí mismos la verdad que la sociedad quería negar: que la historia real no obedece a los dogmas raciales, sino a la vida íntima, secreta y contradictoria de los seres humanos. Y así, lo que para la sociedad puritana era un escándalo, para la historia es una revelación: que incluso en los cimientos de una nación que se proclamaba blanca y libre, la mezcla, la ambigüedad y la herencia compartida estaban ya presentes, como un recordatorio de que ninguna identidad es tan pura como pretende ser.
La casa de Thomas Jerfferson "Monticello" en Virginia.Enlace